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Los llamados “baños de bosque”, término procedente del japonés Shinrin-Yoku, procuran la mejora de la salud mediante el contacto con los árboles. Y la terapia no puede ser más simple. Basta con salir al bosque y ser. Ser en el sentido literal de la palabra, según el diccionario de la RAE: “Formar parte de una corporación o comunidad”. Ser bosque para sanar el cuerpo y el alma. Esa es la cosa.

No se trata del poder curativo de los árboles, de los que proceden no pocos fármacos, sino de la sanación en el bosque. Del bienestar que sentimos cuando nos sumergimos en una arboleda y nos acomodamos en la comunidad forestal, integrándonos en la rica biodiversidad que acoge. Esa a la que el gran Dersu Uzala, el protagonista de la novela homónima de Arséniev magistralmente llevada al cine por Kurosawa, llamaba  gente. El bueno de Dersu, que se consideraba una criatura más de la taiga, enferma cuando lo trasladan a la ciudad y lo separan de su  gente.